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EN LA POLÍTICA EN LA JUSTICIA EN LA CONTRATACIÓN CONTROL CIUDADANO EST. TERRITORIAL SECTOR PRIVADO
Cuando el cerebro no percibe la corrupción


por Eduardo Salcedo-Albarán*
Coordinador Área de Metodología.
Grupo Transdisciplinario de Investigación en ciencias sociales, Método.

Primera situación: Conduzco de afán e infrinjo un semáforo en rojo. Un policía de tránsito me detiene y cuando va a imponer la multa, le ofrezco un soborno: “para lo de las gaseosas”. Él acepta y continúo mi camino sin problema. Yo gano, porque llegué a mi cita, y el policía gana, porque tomó varias gaseosas.

Segunda situación: Soy contratistas del Estado, estoy construyendo un puente y quiero usar cemento de menor calidad que el previsto. Para que el interventor apruebe el cambio, le ofrezco parte de las utilidades. Él acepta, termino la obra con más utilidades que las calculadas inicialmente y ambos ganamos un dinero extra.

Tercera situación: Debo adjudicar un contrato para construir vivienda de interés social. En lugar de hacer la licitación pública, le doy el contrato a un amigo que no cumple con los términos requeridos pero me dará un porcentaje de sus ganancia. Ambos ganamos un dinero extra.

¿Hay algo malo o moralmente reprochable en éstas situaciones?

Algunos lectores, muy comprometidos con el cumplimiento de las leyes, dirán que el soborno es un delito tipificado en el código penal como cohecho y que, por lo tanto, en éstas situaciones estamos delinquiendo. Y la mayoría estará de acuerdo en que delinquir es, en sí mismo, algo reprochable.
Pero otros lectores estarán pensando que en las anteriores situaciones nadie resultó perjudicado; por el contrario, parece que todos ganaron. Entonces, ¿por qué son reprochables éstas situaciones? Incluso aceptando que constituyen delitos, podemos preguntar: ¿Son situaciones reprochables y despreciables?

Ahora examinemos una cuarta situación: camino por un parque y veo un hombre con un cuchillo que se acerca a una anciana vecina mía. El hombre le roba la cartera a la anciana y la hiere. Ella cae al suelo y muere frente a mí ¿Hay algo moralmente reprochable en ésta situación? A diferencia de las tres primeras situaciones, casi todos dirán que sí.

Aunque las cuatro situaciones son delitos claramente tipificados en el código penal, es muy probable que sólo la última situación nos parezca verdaderamente grave, reprochable e incluso despreciable ¿Por qué? Porque en la cuarta situación hay una víctima identificada; esto hace que nuestro cerebro reaccione de manera particular.

Para que un acto sea interpretado como reprochable, como una infracción o como un delito, no basta con que esté tipificado en el código penal; es necesario saber que alguien resulta perjudicado y, específicamente, es necesario saber quién es el perjudicado.

Cuando no identificamos a la victima de un acto, entonces nos parece que ese acto no es reprochable. Esto sucede porque el cerebro cuenta con áreas, conocidas como espejo, que generan dolor propio a partir del dolor ajeno. Gracias a las áreas espejo, nos sentimos mal cuando vemos que alguien está mal, o nos sentimos bien cuando vemos que alguien está bien.

El efecto de las áreas espejo es más fuerte si el malestar ajeno es el resultado de un acto propio. Si lastimo a alguien y percibo su malestar, entonces mi cerebro crea un reflejo intenso del malestar que estoy viendo o escuchando. Así, puede aparecer el sentimiento de arrepentimiento como resultado del dolor propio.

Ahora bien, cuando las áreas espejo no funcionan o no se activan, entonces no podemos “ponernos en los zapatos del otro”; no podemos experimentar dolor propio a partir del dolor ajeno.
En las conductas de corrupción, usualmente, la víctima y el victimario están alejados en el tiempo y en el espacio. Quien comete o percibe un acto de corrupción casi nunca se entera de las consecuencias negativas que dicho acto tiene sobre los demás. 

Como en las tres primeras situaciones no identifico a la víctima de mi acto, entonces las situaciones pueden parecer poco reprochables. Por el contrario, como en la cuarta situación identifico a la víctima, y puedo imaginarla muriendo, entonces me parece claramente reprochable.

Lo curioso es que en las cuatro situaciones la víctima puede ser la misma; incluso, puede haber más víctimas en las tres primeras situaciones. Por ejemplo, como resultado de sobornar al policía, entonces continúo irrespetando los semáforos hasta que un día atropello a alguien. En la segunda situación, como resultado de disminuir la calidad de los materiales, el puente puede fallar y muchas personas pueden morir. En la tercera situación, por otorgar el contrato de construcción a quien no está preparado para ejecutarlo, las casas pueden colapsar y familias completas pueden morir. De hecho, puede que muchas personas ya hayan muerto por mi acto, tan sólo que yo no me enteré.

Para identificar las víctimas de un acto de corrupción, usualmente es necesario relacionar eventos alejados en el tiempo y en el espacio. Cuando no hacemos este ejercicio, podemos pensar que los actos de corrupción no generan víctimas, simplemente, porque no las percibimos.

Por este motivo, en países como Colombia, usualmente la corrupción se concibe como una manifestación de astucia y perspicacia, y no como algo perjudicial para la sociedad. La gente tiende a pensar que un acto de corrupción no produce víctimas, pero no porque no haya, sino porque éstas se encuentran alejadas de quien cometió el acto de corrupción. El libro Corrupción, Cerebro y Sentimientos: Una indagación neuropsicológica en torno a la corrupción  propone herramientas para que las personas reconozcan las consecuencias nefastas de los actos de corrupción.

Toda política pública anticorrupción debe contemplar acciones preventivas de largo plazo. Estas acciones, por lo general, consisten en ejercicios argumentativos para explicar  que la corrupción afecta el patrimonio público. Pero lo emocionalmente importante de la corrupción, no es que el patrimonio público resulte afectado, sino que personas concretas resultan perjudicadas. Lo grave no es dañar el patrimonio público, sino dañar personas concretas como resultado de dañar dicho patrimonio.

Para prevenir la corrupción, parecería útil usar campañas que evidencien las víctimas concretas. Si los victimarios perciben a las víctimas, las ven y se enteran de su existencia, es posible que las neuronas espejo de los victimarios operen y se genere rechazo frente a éstos actos. Además, una política anticorrupción fundamentada en las emociones, tiene una ventaja frente a una fundamentada en los argumentos: las emociones generan respuestas casi automáticas.

En conclusión, la corrupción, como muchas otras infracciones sociales, produce víctimas que debemos identificar y percibir para que nuestro cerebro genere sentimientos de rechazo. Si esto no sucede, es muy probable que en países como Colombia, donde las reglas de juego no se han interiorizado, la corrupción no se perciba como lo que es: una infracción por la que niños, mujeres, ancianos, e incluso familiares o amigos nuestros, pueden morir. En algunas sociedades, las personas respetan las reglas por deber, pero en otras, como la colombiana, es aún necesario entender que irrespetar las reglas de juego, casi siempre tiene efectos negativos concretos sobre personas concretas.

Los artículos de opinión publicados en la página web de Transparencia por Colombia son responsabilidad del autor y no comprometen, en ningún caso, la posición institucional de la Corporación.


Written By: Editor
Date Posted: 9/1/2008
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